Escribir, leer ¿En qué momento dejo de ser algo satisfactorio y paso a ser otra obligación en mi lista de cosas por hacer?
Cada que me hago la misma pregunta, retrocedo en el tiempo de mis recuerdos en búsqueda de la respuesta.
¿Fue al trabajar en el extranjero? No, antes
¿Durante mi primer trabajo estable durante la pandemia? No, antes.
¿Cuándo terminé la universidad y estaba peleándome con ella por todo el proceso burocrático al que me sometieron? No, antes.
¿Cuándo estaba en las prácticas profesionales moviéndome de una producción a otra? No.
¿Cuándo estaba en la carrera cumpliendo con los reportes, prácticas y tareas que nos dejaban?
La realidad es que no fue algo que sucedió de un día o mes a otro, fue gradual. Como la tinta de los tickets que te dan en el supermercado; borrándose gradualmente por el manejo, temperatura o exposición a la luz pero tú no te das cuenta hasta que revisas nuevamente el papel y te das cuenta que solo es una hoja en blanco.
Para ti fue algo que sucedió de un momento a otro por estar saturado de otras cosas, pendientes, prioridades, planes, como quieras llamarlo. Pero no fue algo que sucedió de un momento a otro, fue algo gradual.
Y no es malo. Simplemente es un proceso que tengo que aceptar, porque no es algo eterno ni grabado en piedra. Si dejé de escribir o leer como antes y me di cuenta, no debo esperar regresar como me quedé, tengo que hacerlo de la misma manera en que se fue: Gradual.
Leyendo de vez en cuando, escribiendo de vez en cuando.
Empezar de nuevo con esto que jamás se fue y siempre estará allí.
Al final todo tiene solución, nada es permanente más que la muerte.
A veces le hablo a lectores invisibles, otras veces a mi misma en el presente y otras más a mi yo del futuro.
Pero hablo. Escribo.
Gradualmente.
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